No debemos fijarnos únicamente en el número de horas que una persona pasa jugando. Uno de los principales indicadores es la repercusión que ese comportamiento empieza a tener en su vida cotidiana.
El problema puede aparecer cuando jugar se convierte en una prioridad frente a otras actividades importantes y la persona encuentra dificultades para controlar el tiempo dedicado al videojuego.
Algunas señales que pueden alertarnos son:
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